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Dos semanas después de que Hillary Clinton aceptara la nominación demócrata para la presidencia en Filadelfia, su campaña Latinos con Hillary arrancó en cinco ciudades de Virginia entre un montón de globos gigantes.

Una de las fiestas de lanzamiento se realizó en el supermercado Todos del condado Prince William, en un modesto salón blanco donde se reunieron unas 40 personas alrededor de tres mesas cubiertas con una sencilla tela azul para escuchar hablar a la directora nacional de enlace con la comunidad latina de la campaña de Clinton, Lorella Praeli. Cuando tenía dos años, Praeli, que ahora tiene 28, perdió una pierna en un accidente automovilístico y sosteniéndose con sus muletas, dominó el salón con más destreza que muchos de los oradores que la precedieron, desplazándose entre las mesas para motivar a todos los presentes con respecto al proyecto. Aunque se invitó a la reunión a través de Facebook, la mayoría de los hombres y mujeres que asistieron eran experimentados políticos demócratas, miembros del personal y voluntarios.

“No estoy aquí para hacerlo parecer bonito”, afirmó Praeli. “El trabajo que debemos hacer, la tarea y el reto que enfrentamos para los siguientes 96 días son enormes”. Explicó las actividades necesarias para registrar y hacer salir a votar a los latinos: tocar puertas, organizar reuniones para realizar llamadas telefónicas, convencer a amigos, rondar los mercados, enseñar a los hispanohablantes cómo, cuándo y dónde votar. En su discurso, la tarea sonó hercúlea. Casi para terminar, pidió a todos que se pusieran de pie y sintieran la energía que había en el salón mientras decían en español: “Vamos a hacer la diferencia”.

“Quiero que lo digan y lo crean”, invitó Praeli. “Quiero que lo digan y se comprometan”. Lo dijo con una sonrisa, pero eran órdenes para salir a la marcha. “Si no lo creemos nosotros, no lo creerán otras personas”, sentenció Praeli en español. “Si no lo creemos en este salón, no haremos la diferencia en noviembre”.

Los latinos llevan décadas escuchando que marcarán la diferencia. En los medios de comunicación de habla hispana este año, la retórica alrededor de las elecciones muchas veces incluso ha dado a entender que los latinos decidirán el resultado. La cobertura de las elecciones que realiza Telemundo tiene como eslogan la frase “Yo decido”. El comentarista de noticias de Univisión Jorge Ramos declaró para The New York Times el año pasado que “la nueva regla en la política estadounidense es que nadie puede llegar a la Casa Blanca sin el voto hispano”.

Es cierto que cada año 800.000 latinos cumplen 18 años y ambos partidos invierten millones de dólares en tratar de engatusar a los electores hispanos. Este año, 27 millones serán elegibles para votar. Sin embargo, la idea de la temible potencia política latina todavía es más mito que realidad. Muchos periodistas han escrito acerca del llamado “gigante dormido” de los electores hispanos por lo menos desde la década de los setenta, pero el hecho es que el porcentaje de latinos que salen a votar todavía es mínimo. Puede ser casi 20 puntos porcentuales menos que el de los afroestadounidenses y los blancos no hispanos.

En la contienda entre Romney y Obama en 2012 y para el enfrentamiento de Bush y Dukakis en 1988, se registró exactamente el mismo porcentaje de latinos censados, el 48 por ciento. A pesar de que el número total de boletas latinas en las urnas se ha triplicado desde 1998, también se ha triplicado el número de ciudadanos latinos que no votan. En los últimos 28 años, solo una vez, durante el enfrentamiento de 1992 entre George H. W. Bush, Bill Clinton y Ross Perot, que provocó un salto en la cantidad total de votantes, el porcentaje de latinos que salieron a votar superó el 50 por ciento. La mayoría de las veces, yo decido quedarme en casa.

Este año, el nuevo giro del viejo sueño es que Donald Trump por fin logrará despertar al gigante. No solo comenzó su campaña el verano pasado llamando “violadores” a los inmigrantes mexicanos, sino que ha dicho en repetidas ocasiones que construirá un muro entre México y Estados Unidos y, hasta hace poco, sostuvo que la deportación de 11 millones de inmigrantes no autorizados es la piedra fundamental de su plataforma. Desde septiembre de 2015, Javier Palomarez, presidente y director de la Cámara de Comercio Hispana de Estados Unidos, declaró para Político: “Creo que lo mejor que ha pasado a los electores hispanos es un caballero de nombre Donald Trump. Ha cristalizado la angustia y el enojo de la comunidad hispana. Creo que podemos estar seguros de que los hispanos saldrán a votar en cifras récord”, agregó.

Puede ser. No obstante, para que un sector demográfico con una trayectoria electoral mediocre logre una cifra récord de asistencia no basta esperar que por iniciativa propia salga a las urnas. En junio, Mi Familia Vota y el Consejo Nacional de La Raza, dos organizaciones sin ánimo de lucro que se dedican a organizar a los latinos, señalaron que necesitaban más dinero para alcanzar la cifra de electores registrados en 2012. En julio, el Centro de investigación Pew subrayó que “los electores hispanos están por debajo de todos los electores registrados en varios parámetros de participación”, pues no siguen las noticias relativas a las elecciones con tanta atención como otros ciudadanos y no piensan tanto en las elecciones. En una conferencia sobre el voto hispano que se celebró en la Ciudad de Nueva York en enero, la gran pregunta que quedó sin respuesta fue: “¿Por qué los latinos nunca se han presentado en realidad con fuerza?”.

Buscando respuestas, pasé seis meses entrevistando a grupos de latinos en Virginia, un estado difícil donde la proporción latina de la población ha aumentado más del triple desde 1990. Me reuní con latinos católicos, pentecostales y mormones, con residentes legales, ciudadanos e inmigrantes no autorizados. Visité con frecuencia una iglesia y un centro comunitario, campos de fútbol y un club de baile. Estuve en eventos republicanos y demócratas y un parque. Entrevisté a guardias y trabajadores de la construcción, abogados y agentes de bienes raíces, propietarios de restaurantes y organizadores de la comunidad, estudiantes de nivel universitario y empleados políticos. En total, hablé con más de 100 personas del estado de distintos orígenes étnicos.