‘El planeta de los simios: la guerra’, lo mejor de la humanidad está con los animales

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Hay una escena, casi al final de El Planeta de los Simios: La Guerra, que es más potente e inquietante que cualquier otra cosa que haya visto en una superproducción hollywoodense en años, se trata de un momento de claridad cinematográfica vibrante y aterradora que no podré olvidar en mucho tiempo. Intentaré no echar a perder el momento, pero dudo que lo relatado aquí pueda arruinar su poder.

Dos grupos de humanos acaban de luchar y los triunfadores, después de acabar con el enemigo, celebran con estridentes vítores. Es el tipo de escena que hemos visto decenas de veces en las películas: la muerte masiva se reduce a una victoria fácil para los buenos de la historia. Excepto que en este caso, nosotros —los humanos que vemos el filme— no somos los únicos espectadores.

Una manada de simios también está ahí, una sociedad emergente cuya épica nacional ha sido capturada maravillosamente en esta producción y sus precuelas. Los animales se detienen a observar el resultado de la masacre de la que por poco escaparon; su respuesta, silenciosa y consternada, que sobre todo se expresa a través del rostro de César, su líder, es una reprimenda elocuente dirigida a una especie que ahora solo puede llamarse humana desde un punto de vista biológico.

Recordemos que “simio no mata a simio” es el fundamento moral y político de la civilización de los simios, que les entregó César —su Moisés—, aunque no siempre han obedecido ese mandamiento. Ver cómo la gente se regocija tras la destrucción de su propia especie es perturbador, y conforme la audiencia se empapa de la conmoción de los simios, nos volvemos conscientes de otro malestar más profundo. Después de tres filmes de esta franquicia renacida, ahora estamos completamente del lado de los animales. El prospecto de nuestra propia extinción, en vez de ser aterrador, resulta un alivio. El pobre planeta por fin descansará un poco.

 

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