SHARE

El centenario del nacimiento de Bartolomé Maximiliano Moré (Santa Isabel de las Lajas, Cuba, agosto 24 de 1919) no es solo un acontecimiento relevante para la música de Cuba, sino para la música del mundo entero

Que el Benny (su nombre artístico) no hubiera alcanzado una mayor resonancia no le quita haber sido uno de los cantantes más grandes del siglo XX. Si no llegó más lejos fue porque prefirió siempre, y por encima de todos los públicos y de las jugosas ofertas que recibió para irse de Cuba, cantarles a su tierra y a su gente. 

También hubo otras razones, mezcla de azar y fatalidad: Benny murió en el momento cumbre de su carrera. Su vida fue muy corta –apenas 43 años– por cuenta de una salud frágil que nunca cuidó. Benny no dormía. Y, siendo un gran cocinero, apenas comía. Su rutina de ensayos, conciertos y grabaciones iba siempre de la mano con la noche y la bohemia, agravando los problemas hepáticos que sufrió desde niño

Por extraño que parezca, mientras su cuerpo estaba destinado a sucumbir, su portentosa voz se iba engrandeciendo con los años, parecía tener vida propia, deseaba seguir cantando más allá de la muerte. Porque hasta el último día, el Benny cantó como nadie, incluso aquel 6 de enero de 1963, cuando, presintiendo el fin, dio un concierto apoteósico ante miles de personas en el Festival Papel y Tinta de La Habana. Y uno más, el último, en Palmira, cerca de Cienfuegos, a donde llegó a presentarse el 16 de febrero de ese mismo año. Según su médico, el hígado del Benny se había hinchado a consecuencia de la cirrosis hepática y durante el viaje previo a ese compromiso tuvo un vómito de sangre. 

Contrariando la lógica, el cantante lajero salió al escenario y dejó el alma interpretando Dolor y perdón, Maracaibo y Qué bueno baila usted. Hasta ahí llegaron sus fuerzas. Tres días después vino la muerte, el martes 19, en un hospital habanero. “Mi hermano, me cogió la rueda”, alcanzó a decirle a su amigo Domingo Veloz.

Si no llegó más lejos fue porque prefirió siempre, y por encima de todos los públicos y de las jugosas ofertas que recibió para irse de Cuba, cantarles a su tierra y a su gente

El Casino de los Congos

Gundo, su tatarabuelo, era hijo del rey de una tribu del Congo. Fue capturado y enviado a Cuba por traficantes de esclavos. Virginia Moré, su madre, se ganaba la vida haciendo oficios domésticos en las casas de Santa Isabel, mientras que de su padre, el herrero Silvestre Gutiérrez, se sabe poco. Benny fue a la vez primogénito y unigénito de los 18 hijos de Virginia, pues sus 17 hermanos descendían de otro padre. Al nacer, su madre se instaló en un barrio de libertos de origen bantú conocido como La Guinea o el Casino de los Congos. Allí creció cantando la música de sus ancestros, bailando reguindinga y aprendiendo el arte de los tambores que invocaban a las deidades orishas. 

En casa del Benny no había luz, la plancha era de carbón. Todo se alumbraba con quinqué. Cuando a Virginia se le iba la madrugada planchando, el Benny le cantaba para que no se durmiera. Y para que no se le quemara la ropa. Aunque fue buen estudiante, tuvo que dejar la escuela en cuarto de primaria para dedicarse a trabajar en el campo. 

Cortando caña, empezó a involucrarse con la música campesina y aprendió a tocar el tres y la guitarra. A los 10 años daba serenatas y asistía a los bailes para rebuscarse algún dinero. Su debut fue en el dueto Bartolo-Bolívar, junto a José Luis Bolívar, a los 16. Después hizo parte del grupo Avance, del sexteto Vertientino y de Los Lajeritos. En 1936 decide probar suerte en La Habana y tuvo que sobrevivir vendiendo frutos, viandas sobrantes y hierbas medicinales con ayuda de un tío. 

En lo musical, su aventura fue un fracaso. A los seis meses estaba otra vez en su pueblo cortando caña. 
Cuatro años más tarde, a los 21, volvió a intentarlo. Su sueño seguía intacto. “La pasaba muy mal. Es la verdad. Había noches que me acostaba con más hambre que sueño. Pero estaba en La Habana. Canté primero en el dueto Cordero.

Luego me fui con el Conjunto Cauto. Pero no resolvía nada en lo material”, recordaría en una entrevista con la prensa mexicana tiempo después. Fueron cuatro años deambulando por las calles, el pantalón remendado y la camisa raída, cantándoles a los turistas, fleteando el sombrero por los bares de la ciudad. El lajero admiraba a Panchito Riset, a Antonio Machín y a Miguelito Valdés. El gran sonero Abelardo Barroso sería otra de sus influencias.

La suerte del Benny cambiaría cuando Mozo Borgellá, director de una agrupación, lo invita a una prueba de voz en la emisora Mil Diez. Desde ese momento, nada detendría su carrera. Borgellá lo conectó después con Miguel Matamoros, quien lo incorpora a su legendario conjunto. En el libro Benny Moré, el símbolo de la música cubana, de Rafael Lam, quizá su biografía más completa, hay más detalles: “La presentación de Bartolo ante Miguel fue algo decepcionante, vestía muy mal, alpargatas, camisa zurcida, le faltaban tres dientes”. Pero su voz, su prodigiosa voz, lo llevaría por primera vez a un estudio de grabación en 1944. De esas sesiones junto a Matamoros, quedarían temas como Buenos hermanos, La cazuelita y Ofrenda criolla, entre otros.

En 1945, el Conjunto Matamoros fue contratado para presentarse en México. Benny decide quedarse cinco años en el país azteca. Luego de superar dificultades para trabajar profesionalmente, al no tener permiso del sindicato de músicos, su carrera despega al lado de Lalo Montané (el famoso dueto Fantasma o dueto Antillano) y de las orquestas de Arturo Núñez, Mariano Mercerón, Rafael de Paz y Dámaso Pérez Prado, el padre del mambo cubano a cuya agrupación nunca se vinculó como cantante titular. 

Lo del Benny con Pérez Prado fue una exitosa seguidilla de colaboraciones que dejó temas memorables como Babarabatiri, Locas por el mambo, A romper el coco, La múcura y Pachito Eché, las dos últimas, composiciones de los colombianos Crescencio Salcedo y Alex Tovar. En México también grabó San Fernando, de Lucho Bermúdez, pero con la Orquesta de Rafael de Paz. Allí mismo haría su debut en el cine.

Por esos años, el cantante lajero adoptó el nombre artístico de Benny (dicen que en homenaje a Benny Goodman) y se casó con la mexicana Margarita Bocanegra. Se sabe que tuvo seis compañeras y que dejó ocho hijos. La influencia de Pérez Prado y el contacto con la gran industria del entretenimiento en México serían decisivos para que afinara la imponente presencia escénica que desató su gloria al regresar a Cuba. 

Junto al bailarín Silvestre Méndez, por ejemplo, aprendió los pasos de la rumba y del mambo. 

Según el investigador Raúl Martínez, “(…) pronto asimiló un criterio moderno de la armonía y las orquestaciones precedidas de las mejores agrupaciones estadounidenses de jazz. Pero, por supuesto, todo ello filtrado y recreado con un lenguaje, en lo melódico y en lo rítmico, a lo cubano (…)”.

Rafael Lam añade otro dato importante: la caracterización del vestuario que haría famoso al Benny, cuyo estilo desaliñado y casi chaplinesco, bastón incluido, nunca abandonó: “Vestía de traje con pantalón muy holgado, pero ceñido a la cintura y en los tobillos, un saco largo con amplias solapas y hombros amplios y acolchados, llamado zoom suit. Utilizaba un sombrero tipo italiano a veces con una pluma. El pantalón se llevaba con tirantes (…) y se complementaba con zapatos estilo francés, bicolor, generalmente blanco y negro”. El uso de los tirantes tenía, además, otra justificación: la hepatomegalia le hacía insoportable el cinturón.La Banda Gigante

Al volver a Cuba, en 1951, el Benny consiguió lo único que le faltaba: ser una estrella en su país. Ya le decían el ‘Bárbaro del mambo’, pero cuando se unió a la orquesta de Bebo Valdés para estrenar el nuevo ritmo de batanga, un locutor de la CMKW lo bautizó como el ‘Bárbaro del ritmo’. Y sí que lo fue. La facilidad del Benny para cantar con maestría todos los géneros afrocubanos era algo sobrenatural: guaracha, mambo, son, chachachá, rumba. Todo lo hacía bien, especialmente el bolero, el género en el que dejó más grabaciones (68) de las 203 que realizó, según el investigador Sergio Santana Archbold. Dolor y perdón, Mi corazón y yo, Te quedarás, Mi amor fugaz, Preferí perderte, Corazón rebelde, Cómo fue, Conocí la paz, ¡Oh vida! y Dulce desengaño, entre muchos otros, son herencia de esa época dorada.

Conquistar al exigente público cubano, del que se había separado estando en México, no le tomaría mucho tiempo. Primero trabajó con la orquesta de Mariano Mercerón. De ahí se fue, entre otras razones, porque no le pagaban lo que debían.En 1952 se une a la orquesta del compositor Ernesto Duarte, de quien se dice llegó a discriminarlo por su color de piel y no lo presentó a cantar en ciertos escenarios de la alta sociedad habanera.

En sus comienzos, ya el Benny había padecido el racismo en algunos establecimientos y clubes que luego, cuando lo vieron triunfar, lo buscaron sin éxito para que cantara. De nada valió. Su esencia y su arte eran genuinamente populares y por eso, a pesar de ser uno de los artistas mejor pagados de su tiempo, eligió una vida modesta en su casa de La Cumbre, en la zona habanera de San Miguel de Padrón. 

Cerca de allí estaba el legendario Alí Bar, su “cuartel general”, donde ofreció conciertos memorables, envuelto en un manto de misterio sobre si aparecería o no al filo de la madrugada. “¿Vendrá hoy el Benny Moré? ¡Nadie lo sabe!”. “¿El Benny actúa hoy? ¡Ya está adentro!”, decían los carteles en la puerta, anunciando lo impredecible. Entre tanto, el genio lajero se quejaba: “Ya estoy cansado de que me exploten tanto, de ahora en adelante voy a grabar y a presentarme con mi propia banda (…)”. 

En 1953, con todo lo aprendido, se lanzó a dirigir La Banda Gigante, su “tribu”, como la llamaba, conformada por glorias de la música cubana, como Alfredo ‘Chocolate’ Armenteros, Generoso Jiménez y Rolando Laserie, quien tocaba la batería. En 1955, cuando ya era un ídolo continental, el Benny se presentó con su banda en Medellín y Cartagena.

La leyenda del ‘Bárbaro’ sigue creciendo con los años. Al Benny hay que recordarlo por esa voz tronante y guapachosa a la vez, capaz de diluirse en un hilo, allá en las alturas.

Por la hondura insuperable de sus boleros. Por su histrionismo y su capacidad de improvisación, que en pleno goce hacía que la gente se olvidara de bailar y se quedara quieta escuchándolo. Por canciones que nunca pasan, como Rumberos de ayer, Bonito y sabroso, Mulata con cola, Soy campesino, Francisco Guayabal, Encantado de la vida, Como arrullo de palma y Bahía de Manzanillo, estas últimas, preciosas estampas del alma caribe. Ante todo, hay que celebrarlo por encarnar como nadie la herencia africana fundida en la sabrosura de los ritmos cubanos. Bien lo dijo el cineasta y músico mexicano Alfonso Arau, “lo que el Benny hacía es eterno”. Y eterno será.

 

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here